Si una biblioteca de apenas 400 m2 puede hacerlo, ¿por qué otras con más recursos no?

Muy ilustrativo artículo el escrito por Domingo Marchena en La Vanguardia a cuento de una biblioteca que se merece la publicidad y el reconocimiento que está obteniendo: la biblioteca municipal de Soto del ­Real (Madrid).

No voy a hacer un resumen del artículo, te recomiendo su lectura completa para apreciar la estupenda labor que allí se lleva a cabo. Sólo recogeré unos pocos datos para dar contexto, y mencionaré brevemente algunas reflexiones que me ha despertado su lectura.

La biblioteca ha recibido el premio de la fundación Biblioteca Social, el galardón de la campaña María Moliner del Ministerio de Cultura, y una de las distinciones del proyecto internacional Iberbibliotecas. Además, su labor ha merecido un tuit de elogio de Ursula von der Leyen, nada menos que la presidenta de la Comisión Europea.

Hablamos de una pequeña biblioteca de “unos 400 metros cuadrados” en la que tan sólo trabajan el director y alma mater del proyecto, Juan Sobrino, y una técnica auxiliar a media jornada (no hubiera estado nada mal conocer su nombre). El resto del apoyo para las actividades viene de voluntarios y vecinos.

¿Qué actividades?: pues de casi de todo, pero todas relacionadas con la lectura. Recomiendo leer el artículo completo para los detalles, pero tan sólo por mencionar algunas: cuentos por teléfono, lectura con perros (sí, con perros), lectura para reclusos y personas de la tercera edad,…

Hasta aquí el contexto. Y ahora, las reflexiones rápidas.

En primer lugar, la pregunta más inmediata es: si una biblioteca de 400 metros cuadrados, con tan sólo dos personas en plantilla (una de ellas a tiempo parcial) puede llevar a cabo esa diversidad de actividades, ¿por qué otras bibliotecas con más recursos, quizá muchísimos más en comparación, están estancadas en el Pleistoceno bibliotecario (dícese: aguardar tras el mostrador a que pase alguien por allí)?

El caso de la biblioteca de Soto del Real es un caso de éxito, y ya sabemos lo que pasa con los casos de éxito: es difícil extrapolar la experiencia a otros lugares sin tener en cuenta los contextos en los que se enmarcan esas otras bibliotecas. Pero eso es justo lo interesante: ¿qué contextos hacen que, repitamos, otras bibliotecas con a priori más medios (económicos y de personal) tengan más dificultades para poner en marcha proyectos bibliotecarios?

A decir verdad, los proyectos de Soto del Real no son lo nunca visto: otras bibliotecas los llevan a cabo. Pero no se necesita que los proyectos sean deslumbrantes, ni que se denominen con etiquetas fashion. Se necesita que se lleven a cabo, que haya gente que apueste por ellos, que tengan el convencimiento de su utilidad y que se hagan bien, cómo no. Y ése parece ser sin duda el caso de Soto del Real.

Así que, aun salvando todas las posibles distancias que pueda haber entre el caso de Soto del Real y otras bibliotecas, lo pertinente aquí no es desear que todas las bibliotecas sean como Soto del Real, puesto que cada una de ellas, así como su público, tendrá sus idiosincrasias particulares. Lo relevante, insisto, es que es un caso que da pie a preguntarnos qué justifica que bibliotecas en principio más favorecidas hagan menos: ¿qué es lo que falta? ¿Quizá sea voluntad política? ¿Un personal motivado y capaz? ¿Faltan imaginación y ganas? ¿O quizá es una mezcla de todo lo anterior?

Para cada una de esas preguntas, nos podríamos también preguntar los por qués. Es decir, si consideráramos que lo que falta es voluntad política, podríamos preguntarnos por qué falta tal voluntad; o por qué falta personal motiva y capaz; y etcétera.

En segundo lugar, es de destacar que el director de la biblioteca y motor del proyecto, Juan Sobrino, procede del mundo editorial. En el artículo Sobrino declara:

No me atrevo a decir que la literatura pueda salvar el mundo, pero sí que facilita herramientas para construir un mundo mejor. Nuestra obligación es divulgar esas herramientas.

Pues ahí lo tienen: aunque parezca de perogrullo, para que alguien se sienta motivado a divulgar cultura debe sentir que su obligación es divulgar cultura. Si lo que un bibliotecario siente es que su obligación es cumplir con su hoja de funciones y ya, entonces no hay nada que hacer.

No estoy sugiriendo que los bibliotecarios deban sentir una santa vocación a la que entregar sus vidas. Me desagradan ese tipo de llamadas vocacionales porque muy fácilmente pueden degenerar en fenómenos como el tribalismo o el pensamiento de grupo. Lo que quiero decir es que no es lógicamente imprescindible sentir una sagrada vocación bibliotecaria para sentir interés por divulgar cultura. Y es ese tipo de bibliotecarios, aquellos que sientan interés por divulgar cultura, los que prioritariamente necesitan las bibliotecas como centros culturales que son.

Por supuesto que una biblioteca puede acoger diversidad de perfiles. Pero insisto en lo de “prioritariamente”. Permítanme ser pesado: aunque no creo en las vocaciones sagradas, una institución cultural debería estar nutrida por profesionales comprometidos con la difusión de la cultura, más que con personas que opinen que el trabajo en una institución cultural dependiente de la administración pública es más parecido a ejercer de auxiliar administrativo que otra cosa.

El por qué puedan darse esos desajustes entre perfiles es un tema en el que no voy a entrar aquí. Simplemente, diré que por supuesto que en las bibliotecas abundan los bibliotecarios comprometidos con la difusión de la cultura, pero también lo hacen otro tipo de perfiles que no ayudan en nada a que en algunos casos las bibliotecas se posicionen como agentes culturales más relevantes de lo que son.

Y en tercer y último lugar, me parece muy necesario destacar que todas las actividades mencionadas en el artículo, y que dan forman al proyecto “social” de la biblioteca, tienen que ver con la LECTURA.

Y creo que es muy necesario destacarlo porque, en ocasiones, da la sensación de que cuando hablamos de “biblioteca social” la cuestión se enmarca casi en algo colindante a los servicios sociales, o en abstracciones como “crear comunidad” o semejantes. Aunque dichas formas de ver la función bibliotecaria me pueden parecer válidas y necesarias en función de cada comunidad particular, creo que aquello que diferencia a una biblioteca debería ser la base de su actividad, se la quiera denominar social o como sea: la lectura, el libro, los productos culturales y su custodia y difusión.

Desde ese punto de vista, trabajar con los colectivos más necesitados de una comunidad (como es la aspiración de la biblioteca social) debería entenderse como un trabajo basado en la lectura y en el acceso a la cultura. Porque no hay nada mejor para reforzar la vida comunitaria, y mejorar la vida de las personas, que fomentar el acceso a la alfabetización, al libro y a la cultura en general.

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