La de bibliotecario es una profesión minorizada, y nuestro silencio es cómplice en ello

¿Por qué en ocasiones da la sensación de que la profesión bibliotecaria no es lo suficientemente valorada? ¿Qué motivos, si es que los hay, explicarían esa especie de invisibilidad? ¿Serían motivos de corte social, profesional, político, o quizá todo ello junto?

En una interesante carta publicada en El Profesional de la Información, Lluís Anglada hace su particular interpretación del fenómeno, ofreciendo algunas soluciones.

Anglada habla de la profesión formada por “archiveros, bibliotecas, documentalistas y (quizá) museólogos” como una profesión minorizada. No voy a hacer un resumen de la carta de Anglada, porque merece ser leída, valorada y meditada en su integridad. Pero sí que me gustaría hacer algunos comentarios rápidos al respecto. Creo que es un escrito importante por su tema, por su diagnóstico y por sus propuestas.

Y por eso, porque me parece importante, también me parece justo decir que sorprende que la carta de Anglada no haya tenido más impacto, o al menos más impacto en las inevitables redes sociales, donde se suelen producir todo tipo de discusiones sobre la profesión. Es sorprendente, y al mismo tiempo sintomático de cosas que no van nada bien, como veremos más abajo.

Comencemos, pues, con una breve referencia a lo que entiende Anglada por profesión minorizada:

Si una lengua minorizada es aquella que tiene una presencia social por debajo de su peso demográfico, podemos también hablar de profesiones minorizadas para referirnos a las que tienen una importancia menor que el peso o espacio que ocupan las actividades que realizan sus profesionales. La reciente y aun presente pandemia Covid nos ha dado muchos ejemplos de actividades laborales minorizadas, de ocupaciones a las que no hemos estado dando importancia en condiciones normales pero que han cobrado realce en las presentes circunstancias.

Para Anglada, habría dos indicadores que son relevantes para valorar si una profesión está minorizada o no:

– su presencia en los foros donde se debaten problemas y soluciones, y

– el grado de atracción que ejercen los estudios correspondientes en los jóvenes.

Y, en su opinión, en ambos indicadores salimos mal parados. En cuanto al primer indicador, por ejemplo, porque como ha mostrado la crisis del Covid cuando las autoridades pertinentes han mantenido reuniones o elaborado informes que la afectan directamente, la profesión no ha sido tenida en cuenta. En cuanto al segundo, porque a pesar de que parece que la inserción laboral de los titulados es positiva, y la imagen social del profesional de la información es buena, no parece haber una demanda que refleje esos buenos aspectos.

Sería interesante valorar a fondo la cuestión educativa: como el mismo autor comenta, “ámbito la precariedad laboral es un problema más grave que el paro, pero la gente acaba encontrando trabajo y se siente bien en él”. A mi entender, no deberíamos dar por supuesto que la precariedad laboral es compatible con el benestar laboral, y quizá ese sea uno de los motivos por los que los jóvenes no se plantean cursar los estudios pertinentes: ante un futuro laboral generalizado que muchos se empeñan en pintar como incierto, o cuando no casi apocalíptico, quizá no sea de extrañar que los jóvenes decidan apostar por opciones supuestamente más seguras… aunque aquí, por supuesto, influyen los estereotipos, la fama de cada profesión (justificada o no) y los discursos de “expertos” de diverso pelaje.

En cuanto a la aparente importancia de la profesión, merece la pena destacar estas líneas de Anglada:

Añadamos aún que las realizaciones profesionales reciben la nota de un excelente por parte de la ciudadanía a quien servimos y que en la sociedad informacional en la que estamos cada vez más metidos (y a pesar de las ayudas mecanizadas que ofrece la tecnología), la función de cuidar o curar la información se ve cada vez más necesaria.

Disiento con el autor. Es decir, por supuesto que sobre el papel la “curación” de la información es más relevante que nunca, pero diríase que la experiencia cotidiana y profesional desmienten hasta cierto punto la importancia efectiva que para el ciudadano medio tiene la curación. No es que no tenga importancia, pero seguramente no tanta como el discurso sobre la Sociedad de la Información no ha dado a entender (un discurso del que los profesionales de la información eran parte interesada, y que por ello han sido muy activos en su difusión y popularización). No voy a entrar aquí en más detalles sobre esta cuestión, porque justo Editorial UOC ha publicado mi libro El mito de la infoxicación, que trata justamente sobre ello.

De todas formas, creo que el anterior es un argumento importante, porque a mi entender explica en cierta forma que, a pesar de la buena reputación y de la buena valoración de la profesión, ésta no se haya hecho con un lugar más preponderante en la Sociedad de la Información: sencillamente, los ciudadanos parecen arreglárselas muy bien sin nuestros servicios (o al menos lo suficientemente bien, bajo su criterio personal).

Para Anglada, las profesiones minorizadas no tienen fuerza para representar su punto de vista de la realidad a la que atiende. Relacionado con esto, Anglada tiene unas palabras sobre cómo se ha gestionado la imagen de la profesión:

Visto retrospectivamente, creo que nos hemos descrito pensando demasiado en lo que hacemos en relación con la información o la documentación (la facilitamos, la organizamos, la gestionamos…) y menos de lo que hubiéramos debido en lo que aporta la información facilitada, organizada y gestionada. La ‘informacionalidad’ –si se me permite el palabro– es el resultado de todas estas actividades y significa un estado de vida enriquecida (a nivel personal, formativo y laboral) por el uso de la información. El punto de vista que representamos es el de usar la información para potenciar las personas y las comunidades, para reforzar sus capacidades y personalidades. La informacionalidad empodera, este es el valor a transmitir, y el éxito de nuestra profesión vendrá de nuestra capacidad de situar la informacionalidad como un valor al lado de la legalidad, la salubridad, la habitabilidad o la seguridad.

No puedo hablar por todos los profesionales que puedan agruparse en el término genérico de “profesional de la información”, pero creo que esa consideración se merece un comentario en lo referente a las bibliotecas públicas.

Creo que Anglada tiene mucha razón: no se ha sabido (y no se sabe) transmitir qué aporta la “informacionalidad”. Sí, por supuesto que se incide en el lema de “las bibliotecas cambian vidas” o “las bibliotecas son agentes del cambio”, o se hace hincapié en la importancia de la biblioteca social para la vida de las comunidades. Pero todo ello se  lleva a cabo, a mi entender, a costa de opacar la función tradicional y que es propia de la biblioteca pública: la promoción de la lectura mediante el libro (en el formato que sea).

No es que no se hable de ello, o que no se ponga en valor la lectura, o que la actividad biblioteca no esté centrada en esa actividad. Por supuesto que sí. Pero como se supone que los tiempos están cambiando, y las necesidades de la población son otras, en demasiadas ocasiones se intenta la cuadratura del círculo: mantener la centralidad de la lectura pero sin un énfasis excesivo, de manera que no se asocie a la biblioteca pública única o exclusivamente con una actividad poco atractiva para una parte sustancial de la población, o para una parte de la población que quiere o necesita otras cosas.

Ello sería comprensible de no ser, como digo, porque querámoslo o no la lectura y el libro siguen siendo el “negocio” principal de la biblioteca pública. Quizá quisiéramos que fuera de otra manera, o quizá podría ser de otra manera, y en ese sentido es lícito trabajar para que determinados cambios se produzcan. Pero no a costa de otorgar menos importancia en el discurso a lo que debería ser central, para promocionar aventuras más llamativas pero mucho más dudosas (como los bibliolabs y demás).

A ello no ayudan en absoluto los discursos en torno a la lectura, cargados de buenas intenciones pero también de tópicos: la lectura nos hace libres, nos hace más inteligentes y demás. Todos y cada uno de esos tópicos son discutibles, como muestran varias obras destacables en lo que ya se ha convertido en un género en sí mismo, el de la crítica a la lectura como actividad. Pero que los tópicos sean discutibles no debería impedirnos elaborar un discurso más realista sobre los beneficios de la lectura que pueda ser trasladado de forma clara y convincente, algo que debería resaltar más si cabe la importante función de las bibliotecas públicas en lo que respecta a la lectura.

Aunque en ocasiones diríase que es parte de la misma profesión la que no contribuye precisamente a divulgar la imagen de la biblioteca como centro de la lectura por excelencia: quizá sea por falta de convicción, por pudor, o por desinterés (en la actividad misma, que de todo hay, o por un mayor interés hacia otros aspectos de la biblioteca). Una mezcla que en nada facilita, como escribe Anglada, la tarea de transmitir lo que aporta la “informacionalidad”.

Para Anglada, en hay motivos globales que explican la minorización de la profesión, pero también hay motivos propios de España, en concreto tres: la secundarización de los estudios, la apolitización de las asociaciones profesionales, y la fragmentación del colectivo. De especial relevancia me parece el segundo, la apoliticación de las asociaciones.

Creo que es muy relevante que Anglada mencione que por politización entiende “la intención de influir en la dirección de los asuntos públicos que afectaban a la información y a sus profesionales”. Y así me lo parece porque, de nuevo particularizando en el caso bibliotecario, no faltan bibliotecarios que consideran que su labor habría de ser más cercana al activismo social y político en sentido amplio: la lucha contra las injusticias, contra el capitalismo y demás. Son principios loables, pero como en el caso de los discursos sobre la lectura son altamente problemáticos y muy matizables. El compromiso político entendido de esa manera no es un requisito para ejercer como bibliotecario, y no debería serlo, como tampoco debería entenderse que sea un requisito para llevar a cabo una labor bibliotecaria de importancia. Se puede luchar o no contra el capitalismo, por decir algo, pero ello en nada debería afectar a la propia percepción de la labor bibliotecaria. Mientras haya sectores de la profesión que sigan ejerciendo como lobby para imponer su punto de vista más comprometido, seguiremos sufriendo una innecesaria división y frustración, amén de interminables discusiones sobre aspectos que pueden ser importantes, pero quizá periféricos.

Para Anglada, las organizaciones profesionales fueron muy activistas durante los ’70 y ’80, para luego pasar a un pefil bajo. Un mal cambio, argumenta Anglada, y por buenos motivos: esa falta de combatividad ha desdibujado el poder de la profesión como conjunto para ejercer presión en lo que respecta a su ámbito. Quizá se haya ganado en crear una imagen amable y dispuesta a la colaboración, pero a costa de ser cada vez más irrelevantes.

A mi entender ese es un punto absolutamente clave. No puedo sino declararme cínico a ese respecto, y tiendo a pensar que crear una imagen amable ha sido un efecto secundario: las dinámicas inerentes a la función pública, con sus famosos politiqueos, opacidades y arbitrariedades no ayudan a generar una profesión combativa. Se impone el silencio, e incluso el miedo, no sea que alzar la voz señale automáticamente a quien la alza, y quien sabe si eso pueda costar una amonestación, un tirón de orejas, un expediente o el perder la posibilidad de acceder a un puesto de relevancia en un futuro próximo. Puede que se vea el elefante en la sala, pero nadie se atreve a nombrarlo.

Muy mal asunto, este de la espiral de silencio. La cultivada imagen de buenrollismo por parte de cierto sector profesional no hace sino fomentar la aquiescencia: quejarse en público, y quejarse de según qué cosas, parece poco respetuoso, propio de un profesional poco comprometido, el típico cascarrabias que se empeña en verlo todo mal. Huelga decir que no todo está mal siempre, que hay muchas cosas que celebrar, y que se puede disentir sanamente sin ser un troll. Pero en ocasiones parece que es eso lo que no es bienvenido: el disenso. Máximente cuando buena parte de los discursos bibliotecarios se han tornado en aquello que Gramsci denominó hegemonia: una ideología bibliotecaria contra la que los cascarrabias de siempre tienen poco que hacer.

Por poner un ejemplo de lo que quiero decir. Sabemos lo publicitado y deaseado del modelo de biblioteca social. Sin duda éste tiene importantes beneficios, y sin duda también es de necesaria aplicación en no pocas ocasiones. Lo que no es óbice para que sea llamativo que la profesión bibliotecaria no se muestre más combativa con las autoridades que, por imposibilidad o por inacción, no pueden resolver las problemáticas sociales que busca paliar de manera subsidiaria la biblioteca social. No vendría mal elaborar más argumentos en ese sentido, y presentar a las autoridades bibliotecarias o a los cargos políticos las quejas pertinentes de una manera más enfática.

Y hasta aquí mis apuntes. Como decía al principio, resulta llamativo y a la vez significativo que no se haya producido más debate en torno a la carta de Anglada. Sirva esta entrada como mi modesta aportación.

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