Contra la curatolatría

Una creencia que forma parte de la sabiduría convencional de la época es que estamos infoxicados, esto es, intoxicados por un exceso de información. Hay tanta información, se dice, tenemos tantas opciones a nuestro alcance, que no sabemos qué elegir o incluso a quién creer, lo que explicaría fenómenos como el consumo de noticias falsas o la polarización política.

Hace unos años, el discurso de la infoxicación dio pie al surgimiento de un nuevo perfil profesional: el curador de contenidos (por el inglés content curator). Muy resumido, el CC es aquel profesional que selecciona, filtra, trata intelectualmente y comparte la información más relevante de un determinado tema. El CC es así un nuevo intermediario de la información, y su existencia es necesario debido a la ingente cantidad de información a la que nos enfrentamos y que no podemos procesar. El CC nos ayuda en esa tarea, y por ello nos hace la vida más fácil.

Sin entrar en detalles sobre la historia del término, la curación de contenidos ha sido muy bien recibida por parte de profesionales que ya llevaban a cabo ese tipo de actividad, pero que carecían de un nombre llamativo y en especial de una nueva justificación para su actividad debido a un contexto propicio: periodistas, críticos culturales, docentes, documentalistas y bibliotecarios, y etc. pueden verse revalidados en este nuevo contexto social de la mano de la necesidad de la curación de contenidos.

Tan revalidados, de hecho, que algunos de esos perfiles se han convertido en una especie de superhéroes culturales contemporáneos: los críticos culturales nos descubren lo mejor de lo mejor y nos ayudan a escapar de la tiranía del algoritmos; los nuevos periodistas verifican datos y nos ayudan a combatir las noticias falsas; los documentalistas y otros profesionales de la información ayudan a aquellos para quien trabajar a tomar las mejores decisiones posibles poniendo a su disposición la mejor información disponible, y etc.

La tentación parece cada vez más encumbrar a los CC a un estatus imprescindible, casi mítico, pues su papel resulta, como digo, necesario en virtud de la infoxicación y sus efectos. La tentación, en una palabra, es la curatolatría.

El término curatolatría fue utilizado por el analista político Thomas Frank en un artículo para The Baffler titulado The revolution will not be curated. El argumento central de Frank es que la curación es una actividad puesta de moda entre las élites liberales de EEUU, puesto que consideran que fenómenos como la presidencia de Trump sólo pueden explicarse como un fallo en la curación de la información correcta. La vieja idea de que las personas toman decisiones equivocadas porque no disponen de la información adecuada, un problema exacerbado por la infoxicación actual.

Para Frank, además, la curación es una nueva manera fresca de denominar al experto de toda la vida, pero ofreciendo una pátina amable: si el experto podía ser inaccesible y pedante, el curador de preocupa de nuestro bienestar y vela por nuestra salud informacional.

No obstante, Frank asegura que de forma harto sospechosa cuando se examina el ecosistema informativo liberal se observa un consenso en los puntos de vista y en las afirmaciones a proferir. Los puntos de vista alternativos parece haber sido cuidadosamente excluidos, casi que podríamos decir curados pero en sentido negativo. Por ello:

Un mundo sin noticias falsas podría ser realmente asombroso. Lo mismo podría ocurrir con una tienda donde cada botella de vino es excelente. Lo mismo podría suceder con un sistema electoral en el que todos presten atención a la urgencia del consenso profesional. Pero en cualquier sistema de este tipo, lector, personas como usted y como yo podemos estar seguros con una confianza casi perfecta de que nuestras voces serán dejadas fuera.

Lo que late en la curatolatría, entonces, es el viejo elitismo de siempre pero pasado por el tamiz de los nuevos tiempos: hay demasiada información, pero yo que soy el profesional sé lo que te conviene. Como Frank denuncia, en determinados ámbitos como en la política la curación puede ser la excusa perfecta para dotar de una imagen de respetabilidad a lo que de otra forma podría ser considerado como un pensamiento de grupo muy sospechoso.

Hace años escribí un artículo en el que defendía que Frank estaba equivocado tachando de elitista a la curación de contenidos. En los últimos tiempos he llegado a creer que quien estaba equivocado era yo, y Frank está en lo cierto. Y el inicio de mi cambio de opinión comenzó con el análisis del problema de la infoxicación.

Y es que, a pesar de lo que se diga, hay motivos más que de peso para dudar que la infoxicación sea el problema que pensamos que es. No es que no sea un problema, porque claro que puede serlo. Es sólo que no tiene sentido afirmar que estamos infoxicados porque hay mucha información. De ello traté en mi libro El mito de la infoxicación, por lo que aquí sólo apuntaré alguna idea básica.

Los humanos estamos dotados de mecanismos psicológicos naturales que nos ayudan a lidiar con el exceso de información. Ello no es ninguna característica única de nuestra especie, sino que es un fenómeno compartido con el mundo vivo: ningún organismo puede prestar atención a todos los estímulos de su entorno, por lo que es necesario un filtrado automático e inconsciente.

En las personas ese filtrado puede tomar la forma de los famosos sesgos cognitivos, que nos llevan a ignorar cierta información que no cuadra con nuestras creencias previas. O también puede darse bajo la mayor credibilidad que otorgamos a las personas que consideramos que forman parte de nuestro grupo (ya sea un grupo natural o aquel que consideramos que forma el grupo de nuestra ideología particular).

Esos mecanismos, unidos a las turbulencias socioeconómicas que vivimos explican suficientemente bien fenómenos como el auge populista o las noticias falsas, que normalmente achacamos a un déficit de información, y que por tanto quieren ser solucionados con la curación de contenidos.

Ciertos defensores de la curación de contenidos utilizan como apoyo algunos experimentos psicológicos que mostrarían que, efectivamente, un exceso de opciones nos paraliza e impide que tomemos buenas decisiones. Pero esos renombrados experimentos no han podido ser corroborados en replicaciones posteriores, por lo que ofrecen un apoyo dudoso al discurso de la necesidad de la curación.

Para ser claros, no es que la infoxicación no sea un problema, porque por supuesto que puede serlo. Lo que sucede es que seguramente no es el tipo de problema que creemos que es. La infoxicación depende de las características personales de cada cuál, de sus habilidades cognitivas y de la circunstancia. Una variabilidad suficiente como para que no podamos hacer ciertas generalizaciones apresuradas, como que el exceso de información es siempre perjudicial.

Como comenta Frank, el peligro es creer que ciertas discrepancias se deben a que no se cuenta con la información «adecuada», sin ser conscientes de que lo que consideramos como información «adecuada» puede no ser sino el producto de nuestro propio sesgo. Una mala receta para solucionar nuestros problemas sociales, porque deja sin examinar lo que de verdad importa: las condiciones socioeconómicas de fondo que son las causantes de la inestabilidad global.

Volviendo a un plano menos global, la curatolatría ha provocado, como digo, que ciertos personajes hayan visto revalorizado su prestigio. Pienso, por ejemplo, en curadores culturales como Maria Popova, quien gracias a su blog Brain Pickings se ha convertido en un verdadero referente cultural, que gana miles de dólares y que es reverenciada por ciertos medios.

Popova ha sido muy hábil a la hora de presentar al público su actividad como un remedio contra la infoxicación, una puerta que nos abre a materiales valiosos (que nos presenta siempre con grandes términos que entroncan con la sabiduría, lo único y lo exclusivo) que quedarían anegados bajo el exceso de información de no ser por su buen hacer.

No es necesario negar el valor de los materiales que nos presenta Popova para remarcar su éxito probablemente se deba más a la estrategia de marketing que a los contenidos curados. Y es que, a priori, un contenido en apariencia escaso ni es mejor, ni más acertado, ni nos ofrece más sabiduría que uno que no lo sea, o que sea de más fácil acceso. Lo que Popova nos ofrece es distinción: al hacernos partícipes de su trabajo, nos incluye en el selecto club de los que sí sabemos lo que es valioso, lo escaso, por encima de la banalidad de lo abundante.

De hecho, la búsqueda de la distinción es una de las características fundamentales del comportamiento humano como primates sociales que somos. Internet y las redes sociales no hacen sino favorecer estás dinámicas, puesto que a pesar de su apariencia democrática lo que esconde la red es una profunda asimetría en la influencia y en el poder: aquel que cae en gracia cada vez acumula más influencia y seguidores y acapara más oportunidades, un fenómeno conocido como el efecto Mateo.

Y de nuevo aquí el riesgo es el identificado por Frank: una convergencia en los puntos de vista, en los consensos, por exclusión de opciones divergentes. No es que una opinión divergente sea valiosa o verdadera por el hecho de serlo, pero si no siquiera tenemos acceso a ella,

En tiempos recientes, la curación de contenidos ha tenido otro impulso en la forma de prescripción cultural gracias al temor ante los algoritmos. Se asegura que los algoritmos tienen el poder de acabe con nuestra libertad al encerrarnos en bucles de recomendaciones automatizadas. Por eso par viera que la figura del prescriptor humano reviste de una importancia renovada. Por ejemplo, en una reciente entrevista para el diario El Clarín el escritor Jorge Carrión comenta:

La prescripción siempre ha sido manipulada, sobre todo por las elites. Lo que estamos viendo es un cambio de agentes de intermediación y por tanto de elites: de los humanos a los algoritmos. Y en estos momentos ese cambio conduce a una multiplicación de la producción y de la influencia del mainstream, porque el criterio cuantitativo, en detrimento del cualitativo, conduce a la fabricación de contenidos que satisfagan a la mayoría. En ese contexto es importante que cada lector o espectador construya su propia red de seguridad. Por ejemplo, evitando la recomendación automática de YouTube o de Netflix. O consultando, para sus lecturas, con libreros, amigos, profesores, críticos culturales.

Curiosamente, la defensa de los prescriptores humanos, la búsqueda del criterio cualitativo nos puede devolver a la casilla de salida: una manipulación bienetencioanda de la prescripción por parte de unas nuevas élites culturales, los prescriptores y curadores de contenidos en sus diversas formas (críticos culturales, libreros,…). El viejo elitismo pero con cara amable, como diría Frank.

No es necesario caer en la simplificación posmodernista de negar la posibilidad del conocimiento experto, de considerar que no hay voces más cualificadas que otras, porque sí las hay. Pero como en el caso de la política, el reto es no caer en la simplificación de pensar que lo que necesita el público es una mano amiga no algorítmica. Quizá lo que necesite es la oportunidad de comprender en qué se basa el criterio, cómo elaborar un criterio propio y como conjugar lo con el propio gusto personal, más que confiar en una nueva elite de recomendadores culturales que, por obra de los nuevos tiempos digitales, pueden quedarse con todo el crédito público desplazando a otras voces igual o más interesantes que las que gozan del favor de público y medios.

No hay soluciones fáciles a nuestros problemas políticos y sociales, ni a los desórdenes y convulsiones en la esfera cultural a los que estamos asistiendo. Pero, si hemos de encontrar un atisbo de solución, no será en la curatolatría.

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